domingo, 8 de junio de 2014

¿Os acordais de David Marek? Fue el primer jugador checo que militó en el Obradoiro. Sucedió en aquella convulsa temporada 2009-10, la del regreso al baloncesto profesional. Su paso por el Obra fue testimonial y en su hoja de servicios solo figuran 5 minutos en la ACB. Sin embargo, sí ha conseguido hacerse un hueco en el basket universitario de Estados Unidos y actualmente está sentado en un banquillo de la NCAA. Y hoy está de cumpleaños. Así que... felicidades, David!

Marek, en uno de los dos partidos que jugó con el Obra
(Foto: Fruqui)
Marek llegó a España en octubre de 2009 a través de un acuerdo entre el Obradoiro y el Peixefresco de Marín. Este base de 1,84 estaría cedido en Marín para militar en el equipo de liga EBA, al tiempo que reforzaría los entrenamientos del Obradoiro y buscaría una oportunidad de debutar en ACB. Lo de la oportunidad no era una quimera, dado que el segundo base del Obra procedía de LEB Plata (Juan Alberto Aguilar) y por el contrario Marek tenía amplia experiencia en la NCAA.

Tras jugar en las categorías inferiores del Benesov y del Spartak de Praga, David Marek hizo las maletas en 2004 y cruzó el charco para vivir su propia experiencia americana. Su primera parada fue en el Laurinburg Institute de Carolina del Norte, en el que acabó su época escolar. Allí se marcó un buen año (más de 10 puntos y casi 6 asistencias por partido) con un equipo que acabó la temporada con un récord de victorias de 40-0. En este centro escolar estudió también el barcelonista Joey Dorsey.
Marek jugó 4 años en la NCAA en Utah
(Foto: Universidad de Southern Utah)
A continuación llegó la universidad. Marek completó los cuatro años de formación superior en la universidad de Southern Utah. Fueron cuatro años (de 2005 a 2009) en los que aprovechó para sacarse un título de Educación Física y, al mismo tiempo, defender la camiseta de los Thunderbirds en la NCAA. Sus prestaciones en este equipo fueron mejorando: si en su primer año apenas llegó a los 8 minutos por partido, en sus dos últimas temporadas se consolidó como base titular superando los 30 minutos, con una media de 8 puntos y 3 asistencias. También se situó entre los mejores jugadores de la historia de la universidad en % de triples.

Acabada su etapa universitaria, David Marek retornó a Europa con 24 años y apareció la posibilidad de jugar en España, alternando el Marín en EBA con los entrenamientos en el Obradoiro. En Marín demostró que la categoría se le quedaba pequeña y promedió más de 20 puntos en Liga Regular. Hasta que en diciembre le llegó la oportunidad que estaba esperando: la ACB.

DEBUT CON OBRADOIRO

Esa oportunidad se materializó el 4 de diciembre de 2009, día en el que el Obradoiro dio de alta a Marek en sustitución del lesionado Marc Jackson. Pero el sueño iba a tener una duración efímera y, antes de que terminase el mes, el base checo era dado de baja y volvía a formar parte del Peixefresco.


Es lógico que la afición del Obra no se acuerde de David Marek porque solo unos pocos le vieron jugar. Sus estadísticas con el equipo santiagués se reducen a dos partidos, en los que estuvo en pista un total de 4 minutos y 42 segundos. Fueron 2:24 en San Sebastián en la victoria frente a Lagun Aro (65-69), y 2:18 en la derrota frente a Gran Canaria (80-64). En esos menos de 5 minutos Marek ni siquiera tiró, aunque sí capturó un rebote, de ahí que su valoración conjunta en ACB sea de 1.

Los dos partidos fueron lejos de Santiago, por lo que no llegó a jugar en Sar. Solo los aficionados que acompañaron al equipo en Illumbe pudieron verlo. Sí se le vio en rondas de calentamiento en el pabellón del Obra porque figuraba como inscrito. Marek puede decir que formó parte del Obra que consiguió aquella histórica victoria frente al Real Madrid de Messina. Ese día estaba en el banquillo luciendo la camiseta con el número 33.
Marek se licenció en Ed. Física en Utah
(Foto: Universidad de Southern Utah)
Semanas antes de debutar con Obradoiro, concedió una entrevista en la que reconocía que su principal hándicap estaba en la defensa. "Tengo buenos fundamentos de la NCAA pero tengo que seguir mejorando en ese aspecto, y así seguir mejorando como base en general", decía. También admitía que su sueño era jugar en la ACB, y elegía los mejores partidos de su carrera: uno con los Thunderbirds en el que le metió 30 puntos a Fort Wayne, y todos los que jugó con la selección checa sub-20 en el europeo de Brno, en el que vencieron a España.

REGRESO A EE.UU... COMO ASISTENTE EN LA NCAA

La experiencia en ACB duró lo que canta un gallo y Marek volvió a la EBA con Marín, aunque a finales de enero subió un escalón y fichó por el Rosalía de Castro de LEB Plata para jugar con Antonio Pantín o Rogelio Legasa, entre otros. En el equipo colegial jugó 11 partidos en los que promedió 6,5 puntos y 2 asistencias pese a jugar más de 27 minutos por partido.

Marek, en su etapa en la Rep.Checa
Tras dejar España, el base retornó a sus raíces y jugó en el equipo checo del Prostejov (2010-11) y en otro eslovaco, el Astrum Levice (2011-12). De su paso por este último queda un vídeo de Youtube en el que se puede ver en acción a David Marek, con una de sus especialidades: el tiro de 3 tras recibir o tras bote. Como curiosidad, uno de sus últimos partidos como profesional en el Levice lo jugó contra el Nymburk de Pavel Pumprla. Ganaron los de Pumprla... por 50 puntos.

Marek en la actualidad, como asistente en Idaho
(Foto: Universidad de Idaho State)
¿Y ahora? Pues Marek es uno de esos cientos de jugadores que siguen ligados al basket cuando dejan de ser profesionales. En la actualidad forma parte del staff técnico del equipo de la Universidad de Idaho State, los Bengals. No es casualidad que forme parte de esta universidad porque el entrenador de los Bengals, Bill Evans, había entrenado al propio Marek en Utah unos años antes. El exjugador del Obra es Graduate Assistant Coach y entre sus cometidos está coordinar el trabajo de vídeo y los entrenamientos. Esta ha sido su segunda temporada en Idaho, al noroeste de los Estados Unidos.

miércoles, 23 de abril de 2014

John Powell fue la primera torre que tuvo el Obradoiro en toda su historia. Esto no quiere decir que hasta el verano de 1976 -cuando Powell aterrizó en Compostela- el equipo contase únicamente con tipos bajos en su plantilla. Pero este espigado jugador sí fue el primer hombre alto del Obra, si utilizamos este concepto tal como lo entendemos hoy en día. Toda una novedad en una afición que ya llevaba unos cuantos años disfrutando de basket de nivel, pero que nunca había visto un jugador como él.

En algunos aspectos, no muchos, pueden encontrarse similitudes entre John Powell y nuestro añorado Mike Muscala. Ambos son blancos, recién salidos de la Universidad, con cara de no haber roto nunca un plato y muy por encima de los 2 metros. Muscala está en los 2,11. Y Powell rondaba los 2,10, con lo que superaba con creces la altura de los anteriores extranjeros que habían pasado en las temporadas anteriores por Obradoiro: Dave Stoczynski y Jimmy Thorsden.

John Powell, en su etapa en Santiago
(Recorte de 1977 por El Correo Gallego)
Nuestro protagonista contaba con 23 años cuando llegó a Santiago. Había nacido en 1953 en Oklahoma y, precisamente, la última temporada había militado en el equipo de su universidad. Pero una de las cosas que más llamó la atención cuando llegó a Compostela fue su envergadura. Era muy alto, pero lo aparentaba todavía más por ser un jugador “delgado y con brazos largos”, como lo define Eduardo Echarri, compañero suyo en aquel Obra 1976-77.

Los que lo vieron jugar coinciden en que el John Powell que militó en Obradoiro era un jugador con importantes limitaciones técnicas. Echarri recuerda de él que “le faltaba coordinación” y que “no era un gran luchador, pero en nuestra división la altura era suficiente”. “No era un jugador técnico y recuerdo que le pedíamos que reboteara con autoridad”, me cuenta cuando le pregunto por él. Una opinión parecida es la que tiene Julio Bernárdez, que ese año era junior y que hizo buenas migas con él. “Era un jugador muy justito pero muy alto, en defensa era un tío enorme para aquella época y hacía variar muchos tiros. Pero recuerdo sus problemas de lateralidad”, rememora.

LIMITACIONES

Con todo, su altura le llegaba para ser por momentos un jugador determinante en una categoría como la Segunda División, en la que solo había un extranjero por categoría y algunos equipos ni siquiera lo tenían. Es cierto que desde el año anterior el nivel de la Segunda División había aumentado por la creación de un único grupo para toda España. Pero en todo caso seguía siendo una competición en la que pocos jugadores vivían del basket -en el caso del Obra había un buen número de universitarios- y los que lo hacían tenían la obligación de tirar del carro. De ser los referentes del equipo.

Powell, en un partido contra Helios
(Foto cedida por Tonecho Lorenzo)
John Powell tuvo la suerte de aterrizar en una plantilla solvente y competitiva, que podía sacar los partidos sin depender en exclusiva de él. En ella estaban, además de Echarri y Bernárdez, jugadores como Domínguez, Caso, Quino Salvo -que venía de ser medalla de Bronce en el Eujubasket-, Gil, López Cid, Boni Rodríguez, Abeijón, Novoa... Eran capaces de superar obstáculos con o sin él, y así se vio en su primer partido con el Obradoiro, un amistoso frente a Breogán. Powell consiguió solo 11 de los 91 puntos que el Obra le endosó a los lucenses y al principio “estuvo desorientado”, aunque en su duelo con Fullarton dejó muestras de que tenía que ser determinante al rebote. Entre otros motivos porque era el único jugador del Obra que pasaba de los 2 metros.

La sensación que quedó del paso de John Powell por el Obra es la que transmite un cuadro de luces y sombras. Estadísticamente no hay duda de que realizó auténticas exhibiciones, como los 44 puntos que consiguió en la segunda jornada frente a Castellar o los 40 contra el CAU Oviedo. Solo en las 10 primeras jornadas de competición promedió 29 puntos por partido y no bajó de 20 en ninguno. Pero con esos números... ¿Qué estaba fallando? “Powell sigue sin convencer”, contaba la prensa al acabar el partido frente al equipo barcelonés de La Salle, que también resaltaba el “estilo rudimentario” del jugador.

La clave puede estar en unas declaraciones del entrenador obradoirista, Carlos Lamela, en una entrevista en El Correo Gallego justo antes de navidades. Al hablar de su jugador franquicia reconocía que estaba “un poco apretado por la responsabilidad”, ya que en la Universidad de Oklahoma no tenía un papel protagonista que sí debía interpretar en Compostela. Por eso estaba jugando “mucho mejor fuera de Santiago”, aseguraba Lamela. A ello se le unían ciertos problemas de adaptación consecuencia directa de que John Powell no tenía ni idea de castellano.

Pero en conjunto se puede recordar su paso por Obradoiro como positivo. Es evidente que su aportación fue importante durante toda la competición. Y la temporada transcurrió de forma plácida, sin opciones al soñado ascenso -habría que esperar cinco años para conseguirlo- pero muy alejados de la zona peligrosa de la clasificación.

PELIS DE VAQUEROS Y LA CATEDRAL DE FONDO

Más allá de su aportación deportiva, lo que sí está comprobado es que John Powell estaba feliz en Santiago. Echarri lo recuerda yendo a entrenar con un gorro tejano. Y un amigo del blog, Antón, me contó una vez que Powell era un asiduo a la sesión de las 15.30 en el desaparecido Cine Avenida: “Yo vi un par de vaqueradas con Powell al lado, y al final de la película el tío ya estaba firmando autógrafos”. Es fácil darse cuenta de que en la Compostela de finales de los 70 un americano de 2,10 no pasaba desapercibido.

Plantilla del Obradoiro 1976-77, entrenado por Carlos Lamela
(Foto: Luis Alberto Rey Lama)
Pero de John Powell también se recuerda su afición por el arte y por la cultura, motivo por el cual estaba tan a gusto en Santiago. En aquella época su compañero Julio Bernárdez estudiaba Geografía e Historia y, ni corto ni perezoso, Powell llegó a acudir como oyente a algunas clases en la facultad pese a su escaso dominio del español. Le encantaba la catedral. “No se creía que ese templo ya estuviese ahí desde hacía muchos siglos”, me cuenta Bernárdez.

Aunque la prueba más evidente de que el de Oklahoma guardará un buen recuerdo de Santiago está en sus palabras. En una entrevista en El Correo Gallego, el propio Powell contaba lo que estaba viviendo aquel otoño-invierno de la temporada 1976-77. “Espero triunfar, aquí estoy muy contento y la gente es muy amable; me gusta jugar aquí y Santiago me gusta muchísimo”, señalaba, tras referirse a la afición del Obra como “muy fuerte”.

En esa entrevista dejaba patentes las grandes diferencias entre la NCAA y el basket español en el que acababa de aterrizar. “La mayor diferencia es la estatura de los jugadores, en Estados Unidos normalmente hay cuatro o cinco jugadores en cada equipo muy altos, aquí no”, explicaba. También pedía tiempo para familiarizarse con el estilo de juego y reconocía sus problemas de adaptación por el idioma, pese a que estaba empezando a estudiar castellano.

John Powell, tirando con la derecha
(Foto cedida por Tonecho Lorenzo)
Nada se sabe del paradero actual de Powell. Le seguí el rastro y varios indicios me llevan a pensar que actualmente es profesor de Historia de Europa -su gran pasión- en una institución académica de Oklahoma. Intenté ponerme en contacto con él para confirmarlo pero no recibí respuesta. En algunas ocasiones, los exjugadores quieren borrar su pasado deportivo o simplemente no quieren recordarlo. Salvo que algo cambie siempre me quedará esa duda.

En lo que coinciden todos los que conocieron a John Powell es que, por encima de todo, era un buen tipo -su familia era de origen humilde- que nunca dio un problema. “Una gran persona, noble y sencilla”, me lo describió Bernárdez. Y así lo definía también su entrenador aquella temporada: “John tiene una calidad humana excepcional”. Un requisito que, a día de hoy, sigue siendo premisa fundamental para ser una parte del Obradoiro con independencia de su altura.

viernes, 18 de abril de 2014

Hay tres jugadores importantes en la historia del Obradoiro que han vestido el número 14 en su camiseta. Uno es un tal Tonecho Lorenzo. El otro es Levon Kendall. Y en ese trío falta un tercer nombre: Paco Dosaula. Aprovechando que hoy, 18 de abril, es su cumpleaños, ahí va un breve recordatorio para poner palabras y fotos a su experiencia en el Obra, tanto en el viejo Sar como en el pabellón de Santa Isabel.
Dosaula, con el 14 en la camiseta del Feiraco Obradoiro,
en un partido contra Bancobao de la temporada 86-87
(Foto: Cedida por Tonecho Lorenzo)
Antes de recordar lo mucho que aportó Dosaula al Obradoiro, un dato curioso de esos que se encuentran revisando la Enciclopedia Obradoirista. Resulta que Paco es el único jugador que ha estado en el Obra en tres etapas distintas. Hay muchos jugadores que tuvieron dos etapas en el Obradoiro, empezando por el propio Tonecho, que volvió a Santiago tras pasar un año en Melilla haciendo la mili. También tíos de peso como Mario Iglesias o Modrego retornaron a Compostela tras haberse marchado a otros equipos. Pero solo Paco Dosaula militó en el Obradoiro en tres fases distintas.

Para describir la forma de jugar de este pivot de 2 metros que vino de La Salle (la de Barcelona, no la de San Roque) tomaremos prestados dos comentarios que hacían sobre él hace unos días dos exobradoiristas a raíz de una foto suya publicada en un grupo en Facebook sobre el Granollers. "Vaya finta, y qué manera de mover los pies en la zona", dijo Tonecho."El bailarín del parquet, la finta de tiro más efectiva que he sufrido", puso José Luis Ferreira.

En su etapa en el Granollers, antes de llegar al Obra
Foto: Facebook Granollers
Tirando de estadística hay tres equipos claves en la trayectoria de Dosaula: La Salle Bonanova, en cuya cantera se formó y con el que jugó en Primera B y la actual ACB; el Cacaolat Granollers, con el que jugó 71 partidos en ACB entre 1983 y 1986 (allí ya coincidió con Victor Anger); y el Obradoiro, donde pasó 4 temporadas de forma intermitente (86-87, 87-88, 89-90 y 91-92). Durante su carrera deportiva también militó en el Tenerife y en el Breogán.

Con el Obra, temporada 86-87
Siempre con el 14 en la camiseta
Curiosamente en el Obra vivió cuatro temporadas en la Primera B de grandes contrastes. En dos de ellas el equipo tuvo muchos problemas y acabó ocupando plaza de descenso. Pero en las otras dos el Obradoiro de Dosaula se quedó muy cerca del ascenso a la ACB. La primera, en la temporada 86-87, un pedazo de equipo formado por Bill Collins, Wallace, Ricardo Aldrey, Mario, Julio Torres, Calvelo...  Esa fue su primera experiencia en el Obradoiro, y en varios partidos de esa temporada superó los 20 puntos y fue clave. Para el recuerdo, partidos como el disputado en Sar contra el Pamesa Valencia, en el que él metió 22 de los 111 puntos que el Obra logró aquella tarde.

Paco Dosaula también formó parte del Obradoiro 89-90, el que se quedó a una eliminatoria de la ACB. Sus compañeros eran distintos (ahora estaban los Solsona, Modrego, Victor Anger, Morella, Chicho Herranz, Pirulo en el banquillo...) pero las sensaciones fueron parecidas: un equipo al que le faltaron detalles para conseguir el ascenso. En este caso, algo más de peso en el juego interior.

La historia es de sobra conocida por todos. El Juver Murcia de Esteban Pérez se cruzó en el camino y no solo se perdió una eliminatoria decisiva: también fue el principio de una travesía por el desierto iniciada oficialmente en 1992 y que acabó en 2009. En aquellos play-off Dosaula tiró del carro y de hecho fue el máximo anotador (25 puntos) en el primer partido contra el Juver.

Todos aquellos jugadores no tuvieron el premio que merecían, que era el de jugar en la élite con el Obra en la temporada 90-91. Santiago tardó muchos años en ver ACB aunque al final llegó el premio. Y dos de los tres jugadores que vistieron el 14 en el Obradoiro lo siguen habitualmente en directo en el Fontes do Sar. Kendall está en Alemania, pero Tonecho y Paco Dosaula, sí. A este último... felicidades!

jueves, 3 de abril de 2014

Este fin de semana visita Sar el Gipuzcoa Basket, en cuya plantilla milita un joven escolta donostiarra llamado Mikel Motos. Hasta aquí nada fuera de lo normal si no fuese porque el padre de Mikel, Lorenzo Motos, también fue jugador de basket. Y seguramente el del sábado será para él un partido especial. Porque durante una temporada Loren Motos defendió la camiseta del Obradoiro, formando parte de uno de los mejores equipos que ha tenido el Obra en toda su historia.

Mikel Motos
(Foto: zonadostres.com)
Hace unos meses, el Diario Vasco publicó una entrevista muy recomendable con Lorenzo Motos en la que realizaba un repaso por su trayectoria deportiva y personal. Y hacía una parada en aquel año en Santiago. Fue en la temporada 75-76, en la que el Obra se quedó a las puertas del ascenso a la actual ACB tras un inicio de competición un tanto dubitativo. Motos estudiaba la licenciatura de Biología y durante su estancia en Compostela terminó 5º curso...y la carrera.

Lorenzo Motos, en la fila de abajo el primero por la derecha (con bigote)
(Foto: cedida por Tonecho Lorenzo)
Cuenta Lorenzo Motos en la entrevista que durante esa temporada entabló una relación que todavía perdura (casi 40 años después!) con Jimmy Thorsden, el jugador puertorriqueño que tan buen rendimiento dio al Obradoiro. Después del Obra retornó a tierras vascas para militar en equipos como el Askatuak. En la actualidad es director de innovación e investigación de una empresa tecnológica, pero el basket sigue presente en su vida y de hecho es entrenador de un equipo de chavales en el club Easo.

Lorenzo Motos, en la actualidad
(Foto: Diario Vasco)
El testigo de Loren Motos lo ha cogido su hijo Mikel. El pasado enero cumplió 21 años y ya ha gozado de oportunidades en ACB con el GBC tras pasar por la selección española en categorías de formación. Aunque en las últimas jornadas no ha podido jugar por culpa de una lesión en la zona plantar, y es probable que en Santiago tampoco esté disponible.

Es de suponer que este sábado Lorenzo Motos querrá que gane el Gipuzcoa Basket, porque al fin y al cabo es el equipo de su ciudad y en el que milita su hijo. Pero seguro que si el GBC pierde el sábado en el Fontes do Sar, la derrota le dolerá un poco menos que si fuese ante cualquier otro equipo. Al fin y al cabo, él también fue parte del Obradoiro. Y lo fue en un año de grandes recuerdos para el club y su afición.

martes, 18 de marzo de 2014

La temporada 1982-83 fue la primera en la que el Obradoiro compitió en la élite del baloncesto español. La gran oportunidad de poder estrenarse contra los grandes tras 12 años de existencia. Se había logrado el ascenso en Mataró y ahora Santiago vería al fin al Obra competir contra Real Madrid, Barça, Estudiantes, Joventut... Y dos personas que vivieron con intensidad aquellos partidos desde la grada fueron los hermanos Taboada.

Marcos tiene el detalle de enviarnos su carnet de aquella temporada. Gracias a este recuerdo de hace 32 años descubrimos que el abono para un chaval valía 4.000 pesetas, más las 200 pesetas por la reserva de asiento en el viejo Sar. Era el precio de ver en directo al Barça de Epi y Solozábal, al Madrid de Brabender y Fernando Martín... Y a Nate Davis con la camiseta del Obra! Con este carné también descubrimos que en aquel momento el Obradoiro superaba de largo los 1.300 socios.

Además del carné, en aquellas temporadas el abonado recibía una cartilla de hojas correspondientes a cada partido de esa temporada. En ella, Marcos iba apuntando el resultado de cada partido. La de la imagen se corresponde al encuentro Obradoiro-Miñón Valladolid, uno de los 12 partidos que jugó Nate Davis con el Obra y el único en el que El extraterrestre se llevó la victoria. Fue por un ajustado 103-102, como se puede comprobar en la imagen.


Pero Marcos también me envía el carné que esa misma temporada tenía su hermano Ricardo. "Con menos de 10 años ya iba a ver al Obradoiro, y si yo fui esos años a ver esos partidos es por una persona muy especial para mí, mi hermano mayor Ricardo: él era el mayor aficionado del Obra que conozco", me cuenta. Los carnés hablan por si solos: ambos se renovaron en el mismo día, y los números son consecutivos. Si Marcos era el socio 1.306, su hermano mayor tenía el 1.307.

A diferencia del abono cadete, el abono senior costaba casi el doble: 7.000 pesetas.

Ricardo falleció hace dos años por un infarto. Marcos me cuenta que tras el retorno del Obra a la ACB su hermano "no iba a los partidos porque se emocionaba mucho, pero los veía todos por la tele". Y a él le debe sus primeros recuerdos obradoiristas, acudiendo al pabellón con su hermano y la pareja de éste, Isabel. "Me llevaba en su viejo escarabajo blanco a los partidos del viejo Sar", relata Marcos.

Sirvan estas líneas como homenaje para todos esos obradoiristas que, como Ricardo, ya no pueden acudir al Fontes do Sar pero contribuyeron a engrandecer al club con sus ánimos en algún momento de la historia. Y que, seguro, siguen celebrando los éxitos del club estén donde estén.

(Gracias a Marcos Taboada por enviarnos los carnés y contarnos esta historia)

sábado, 8 de marzo de 2014

El jugador que durante más temporadas ha defendido la camiseta del Obradoiro en categorías profesionales tiene las rodillas destrozadas de tanto paso por el quirófano y tanto desgaste. Pero los problemas físicos no le impiden mirar hacia atrás, ejercitar la memoria y recuperar desde tierras herculinas algunos momentos decisivos de su paso por el Obra. Los buenos y los malos. Los que convirtieron a Mario Iglesias Botia en un referente para el obradoirismo. Para los mayores, porque le vieron anotar, rebotear y hacer su clásico reverso en el viejo Sar. Y para los jóvenes, porque muy seguramente sus familiares le habrán hablado alguna vez de lo que significó este coruñés de 1,92 en la historia del club.
Mario, en un Feiraco-Tenerife allá por 1985
(Foto: Cedida por Tonecho)
Empezamos por lo personal. Y llega la primera en la frente. "Tengo las rodillas de un hombre 75-80 años; los médicos me han dicho que aguante lo que pueda", reconoce Mario. Una artrosis degenerativa de grado máximo que es consecuencia directa de los múltiples problemas en las rótulas que padeció durante toda su carrera deportiva. Unos problemas que le acompañaron desde joven, desde que sufrió su primera operación cuando formaba parte del Cotonificio de Badalona y todavía no había aterrizado en Compostela.

Una de las preguntas que tenía pendiente de hacerle a Mario tiene que ver con sus primeros recuerdos con el basket. Su trayectoria en las pistas ya fue abordada en este blog hace unos meses, pero quedaba por saber cómo había ido a parar a Cataluña desde su A Coruña natal. La respuesta está en la participación del equipo de su colegio, el Santa María del Mar, en un Campeonato de España representando a Galicia. Un equipo de colegio (en el sentido estricto de la palabra) que iba a competir durante unos días con los clubes más fuertes de España. Fue en ese torneo en el que Aíto le echó el ojo y decidió llevárselo a Badalona para jugar en el Cotonificio. Y es que una de las cunas del basket español tenía en aquellos años dos equipos en la actual ACB. Uno era la Penya. Al otro se le conocía como el equipo algodonero y tenía de segundo entrenador a un tal Manel Comas.

Con el clásico tiro en suspensión
(Foto: Cedida por Tonecho)
Pero el mejor recuerdo que guarda Mario Iglesias de aquellos años de baloncesto no tiene que ver tanto con canastas y rebotes, ni con los partidos en los que metía más de 40 puntos, ni con aquellos tiempos en los que formaba una pareja letal con José Antonio Gil, sino con las experiencias vividas fuera de la pista. Con la sensación de sentirse apreciado por el hecho de formar parte del equipo de la ciudad y de compartir triunfos y decepciones con los vecinos. "Me quedo con el cariño de la gente; no ganábamos un puto duro pero éramos una piña y la gente de la ciudad se portaba con mucho cariño con nosotros".

Y es que el sueldo (en pesetas) no era tampoco para echar cohetes, pero el jugador tenía también una serie de extras que hacían que la relación entre la plantilla y la directiva fuese todavía más estrecha. Por ejemplo, un directivo en aquel entonces (Sebi) era mecánico y arreglaba los coches de los jugadores cuando tenían algún problema, incluido el Seat 600 de Mario Iglesias. También comían en el restaurante de otro miembro de la directiva, Serafín, ya fallecido. "Era totalmente distinto a lo de ahora", remarca. Por mucho que los jugadores se puedan sentirse cómodos en Compostela, difícilmente se llega en el basket actual a esos niveles de proximidad entre afición, jugadores y directiva.

No obstante, en el terreno extradeportivo también hay sitio para los momentos agrios. Porque es necesario introducir un matiz. "Más que el cariño de la gente, me quedo con el cariño de las personas. En el mundo hay mucha gente, sobre todo cuando estás arriba, pero hay pocas personas". Cita nombres vinculados de toda la vida al obradoirismo como Tonecho Lorenzo, Manolo Vidal o Antonio López Cid, "que me enseñó todo lo que sé, incluso la mala leche en la pista". "López Cid daba cinco asistencias cada partido", recuerda.

MATARÓ: EL PARTIDO
Lo deportivo. Mucho de lo que hablar desde que Mario Iglesias Botia aterrizó en Obradoiro a finales de los setenta y se marchó (de forma definitiva) en el verano de 1988. En el medio, un paso por el Bosco de A Coruña -lo que le permitió volver a su ciudad- que duró dos temporadas. Y un epílogo en distintos equipos como Oviedo o Aguas de Mondariz de Vigo. Pero el nombre de Mario Iglesias estará siempre unido al Obradoiro.

Y en ese recorrido hubo tiempo para casi todo. Momentos de los buenos, como el campeonato de España de Segunda División (1985), el ascenso a la actual ACB (1982) o las temporadas de buen baloncesto que vio Santiago durante la época de Bill Collins, Ricardo Aldrey y compañía. También vivió el fracaso colectivo que supone un descenso de categoría. Con la agravante de que eso fue lo que pasó en su último partido oficial con la camiseta de Obradoiro, en el cuarto partido de un play-out en Andorra. Difícil imaginar un peor final tras muchas temporadas defendiendo a un mismo club.

Mario, en el famoso partido de Mataró (1982)
Pero en el balance pesan más los momentos inolvidables. Los triunfos y los grandes triunfos. Y después está lo que pasó en Mataró el 25 de abril de 1982. Una victoria en la que Mario Iglesias tuvo mucho que ver, y que supuso el mayor éxito en la historia del club hasta el ascenso de Burgos. A mayores, hay que tener en cuenta que el equipo no había iniciado la temporada con el objetivo del ascenso, pero se lo fue creyendo a medida que pasaban las jornadas y al final sucedió lo que (felizmente) sucedió.

Lo de Mataró ya se ha contado también con pelos y señales. Y Mario Iglesias -al que otro obradoirista, José Manuel Calvelo, se refirió recientemente en Facebook como El Gamo- tampoco lo ha olvidado. ¿Cómo olvidar algo así? "En la primera parte perdíamos de 12", relata. Agarrotados por la presión de quedarse sin ascenso en el último partido, lo que Alberto Abalde definió como "remar tanto para quedarnos en la orilla". El sueño se esfumaba tras tocarlo con las punta de los dedos.

Pero todo cambió en la segunda parte. Las canastas empezaron a entrar, la defensa subió de nivel y el Obra comenzó a carburar. Y ahí apareció una vez más Mario Iglesias Botia. Él mismo lo recuerda sin apelar a la falsa humildad. "Me los comí en la segunda parte, con 17 puntos". Así de claro. Entre Mario y Gil enchufaron 53 de los 89 puntos que le valieron al Obradoiro para ascender a la actual ACB aquella mañana de domingo.

Celebración en Lavacolla tras el ascenso de 1982
Y el recibimiento en Lavacolla. Un recuerdo en el que coinciden todas las personas con las que he hablado y que estuvieron esa noche en el aeropuerto compostelano. Varios cientos de personas se plantaron en la pista -cualquiera imagina la multa de AENA si alguien lo intenta hoy en día- y recibieron a jugadores y cuerpo técnico como merecían, viéndolos bajar del avión de Iberia como si fuesen jefes de Estado. "Toda esa gente apareció allí en Lavacolla... Parecía como si fuésemos los de la cabalgata de Reyes", recuerda todavía impresionado. Mario Iglesias y otros salieron en hombros de la terminal compostelana y hay fotos que lo demuestran.

¿Y LA ACB?

La última pregunta tiene que ver con la que puede parecer el gran lunar de la trayectoria de Mario Iglesias como deportista: la élite. La ACB. A día de hoy cuesta entender como un jugador de sus características nunca llegó a disputar ni un minuto en la máxima categoría del basket español, y más si se tiene en cuenta que en aquella época el número de jugadores extranjeros no pasaba de dos por equipo, por lo que los jugadores españoles tenían mayores oportunidades de formar parte de los equipos de primer nivel por la sencilla razón de que los necesitaban. Lo de Bosman era sencillamente inimaginable.

La primera razón podría estar en que nuestro protagonista prefirió ser cabeza de ratón antes que cola de león en un equipo ACB, en el que nunca tendría el protagonismo que sí tuvo en la segunda categoría. Pero el principal motivo está en sus problemas físicos. En las malditas rodillas, un problema que -como él mismo ha admitido- tendría una solución de haberse producido hoy en día y con los tratamientos que en aquel momento no existían.
El Obradoiro 1981-82, que logró el ascenso a la actual ACB.
Mario es el segundo en la fila de abajo, empezando por la derecha
La gran oportunidad de pisar la actual ACB estuvo precisamente en el verano de 1982, una vez que el Obradoiro logró el ansiado ascenso a la élite. Mario tenía un hueco en esa plantilla. Pero decidió desvincularse del Obra y mudarse 65 kilómetros al norte para seguir en la Primera B con la camiseta del Bosco coruñés. Otra vez las rodillas.

Y es que el Obra contrató como entrenador para su estreno en la élite al yugoslava Todor Lazic. Y Mario Iglesias sabía de sobra que con un mister de estas características era prácticamente imposible tener minutos sin entrenar al máximo nivel. "Con los entrenadores yugoslavos, el que no entrena no juega. Quizás con un entrenador que comprendiera eso... [sus problemas físicos], pero con un yugoslavo no era posible", resume. Los jugadores que vivieron aquello dan fe de la dureza de los entrenamientos y de la exigencia física de aquellos meses. "Por ejemplo ahí estaba Ricardo Aldrey, que era una moto, una bestia entrenando", recuerda. Él era consciente de sus limitaciones, y esa espina quedó ahí.

Mario, en A Coruña, en la entrevista que le realizó
Cristina Guillén para El Correo Gallego
Mucho ha cambiado el basket desde los tiempos de Mario Iglesias, incluido el viejo pabellón de Sar, reconvertido bajo el mismo terreno en un Multiusos con 6.000 asientos. Pero lo que no ha cambiado es el reconocimiento y el cariño con el que le recuerdan los que le vieron jugar en Sar. Un homenaje que, a buen seguro, le brindaría el obradoirismo si alguna vez tiene oportunidad de hacerlo. En manos del club está acordarse algún día del jugador que más veces ha vestido la camiseta del Obra.

(Artículo publicado también en el número 4 de SCQ Basket)

sábado, 22 de febrero de 2014

Un 22 de febrero, pero de 1977, el Obradoiro terminó de jugar el que probablemente haya sido el partido de baloncesto más largo que ha disputado en toda su historia. Un encuentro que había comenzado a mediados de noviembre en un barrio de Málaga y que, tres meses después, concluyó con final feliz para el equipo santiagués. Hoy alguno de sus protagonistas recuerda con humor unos hechos que en el basket actual parece imposible que puedan pasar. Pero en la recién estrenada democracia española sí sucedían.

Plantilla del Obradoiro 1976-77
Esta historia comenzó un 14 de noviembre de 1976 en Málaga. Antes de que el Unicaja fuese una realidad había un equipo en la Costa del Sol que acababa de ascender a la Segunda División -la actual LEB- llamado Miraflores. Y a tierras malagueñas se desplazó el Obradoiro con el objetivo de traerse de vuelta una alegría tras iniciar de forma esperanzadora aquella temporada 1976-77, la cuarta consecutiva en la categoría de plata del basket español: un balance de tres victorias en cinco partidos.

Es cierto que el rival en esa jornada 6 era un recién ascendido a la Segunda División. Pero a esas alturas el Miraflores no había perdido todavía ningún partido como local. Y su pabellón tenía fama de ser una cancha caliente, con un público muy pegado a los banquillos que animaba con gran forofismo. No era una empresa sencilla la que le tocaba al Obra de Gil, López Cid, Bernárdez, Powell, Quino Salvo, Boni y compañía aquel domingo de noviembre.

Quino Salvo, en la temporada 76-77
Nada más empezar el partido el Obra se puso por delante y cogió rápidamente una cómoda ventaja. En el descanso el marcador reflejaba un 27-47 que dejaba a las claras el dominio del equipo compostelano. Las cosas tampoco cambiaron en la segunda mitad hasta que, con 32 minutos y 7 segundos transcurridos, se rompió el aro de una de las canastas del pabellón. Se supone que alguno de los jugadores machacó con tal virulencia que destrozó el aro. En ese momento mandaba el Obra por 54-68, y como el pabellón carecía de aro de repuesto no hubo más remedio que suspender el partido.

Lo que puede parecer un hecho intrascendente en ese momento fue el centro de una curiosa polémica. Porque el acta arbitral reflejó que el aro lo había roto un jugador del Obradoiro, mientras la prensa santiaguesa aseguraba lo contrario: que había sido el jugador extranjero del equipo malagueño quien se había cargado la maltrecha canasta.

Recorte de El Correo Gallego el día siguiente del partido
El enfado fue a más en el club compostelano cuando la prensa madrileña publicó días después unas declaraciones del entrenador malagueño en las que volvía a acusar a un integrante de la plantilla del Obradoiro de haber perpetrado la polémica acción. Y claro, no había cámaras de televisión que sacasen de dudas. "No le debió de sentar nada bien que en el momento de suspenderse el partido el Obradoiro fuese de una forma tan clara por delante en el marcador", le dedicó El Correo Gallego al coach andaluz.

Sea como fuere, lo más insólito de esta historia es que la Federación Española de Baloncesto no fue especialmente ágil a la hora de tomar una decisión. Finalmente ordenó jugar el tiempo que faltaba del partido, lo que obligó al Obradoiro a buscar una solución lo menos gravosa posible teniendo en cuenta lo surrealista de la situación: tendría que ir a la otra punta de España a jugar un partido de 7 minutos y 53 segundos.

Un partido del Obra en esa temporada
(Foto decida por Tonecho)
LA SOLUCIÓN

¿Cómo se solucionó el entuerto? Resulta que tres meses después de la desfeita de Miraflores, el Obradoiro tenía que visitar la cancha del Mataró el domingo 20 de febrero. Así que, una vez disputado ese partido, la expedición santiaguesa -liderada por José Manuel Couceiro- tomó rumbo al sur y se dirigió a Málaga para disputar ese mismo martes el encuentro suspendido y a continuación regresar a Santiago.

Lo que puede parecer una odisea se recuerda ahora con diversión, porque la plantilla y el cuerpo técnico del Obra se alojó durante esos días en un hotel de Torremolinos, y todos ellos disfrutaron de unas minivacaciones lejos del invierno compostelano. "Fueron tres días de puta madre, lo único que falló es que hubo que jugar el partido", me cuenta entre risas Julio Bernárdez, uno de los juniors del Obra aquella temporada. Han pasado casi 40 años pero Julio no olvida los intentos de entrenamientos físicos en el jardín del hotel, con los jugadores mezclados entre turistas de distintas nacionalidades.

Pero faltaba la guinda del pastel. Porque en el hotel de Torremolinos apareció nada menos que Tonecho Lorenzo. ¿Y qué se le perdía en la Costa del Sol? Pues resulta que esa temporada 76-77 Tonecho estuvo cumpliendo el servicio militar en Melilla, al tiempo que lideraba un equipo en la ciudad autónoma, los Regulares de Melilla. Y aprovechando la proximidad, se acercó a Torremolinos para hacer piña con los que habían sido sus compañeros hasta ese año. Sobra decir que esa temporada Tonecho se hartó de meter puntos en el grupo en el que estaban los Regulares de Melilla. A Tonecho no le he comentado nada de esta historia para que sea una sorpresa. ¿Se acordará? Seguro que sí.

¿Y EL PARTIDO?

¿Y qué pasó con el partido? Pues que se jugaron los escasos 8 minutos y que ganó el Obradoiro (81-76). Uno de los encuentros más largos de la historia del club concluyó ese 22 de febrero con victoria para el equipo compostelano. Se prolongó más de la cuenta, nada menos que 100 días, pero lo importante es que -pese a todo- el Obra regresó a Santiago con el sabor de la victoria. Y con la piel un poco más bronceada, claro...

sábado, 8 de febrero de 2014

"La mejor gente del mundo está en Ferrol. Echo de menos a esta gente, aquí el baloncesto era increible, lo máximo". Palabras de Nate Davis, leyenda viva del baloncesto español, durante un reportaje emitido recientemente por Televisión de Galicia con motivo de la presencia de Nate en España para la grabación de un especial de Informe Robinson. Ferrol sigue ocupando el principal lugar en el corazón y en la memoria de un personaje pionero y único. Admirado por lo que hizo y querido por lo que padeció, por esa triste historia personal que le ha marcado su vida y de la que, a día de hoy, no se ha recuperado del todo. Es guardia de seguridad en una urbanización y acude de vez en cuando a ver a los Atlanta Hawks. El basket sigue ahí y Galicia también.

Nate, en el homenaje que recibió en Ferrol
(Foto: Blog de Basket)
Pero dentro de ese universo en el que casi todos los planetas y estrellas giran alrededor del OAR... ¿Hay sitio para el Obradoiro, por pequeño que sea? La experiencia en Santiago de Nate Davis no es comparable a la de Ferrol. Se reduce a 12 partidos, suficientes para ostentar el récord de anotación del Obra en la élite (41 puntos ante el actual Laboral Kutxa) y para dejar grabadas algunas jugadas en las retinas de las personas que ya acudían al viejo pabellón de Sar en los últimos meses de 1982. Pero solo 12 partidos. ¿Se acuerda Nate de su paso por Compostela? Y lo más importante... ¿Es un buen recuerdo, o ha querido borrarlo como tantos otros momentos ingratos de su vida?

Gracias a los compañeros de Informe Robinson resulta posible despejar esa incógnita. Él mismo accede a recuperar para la memoria aquellos meses en los que fue obradoirista. “[Aterrizar en Santiago] fue muy especial porque era un cambio en mi vida, un paso muy importante; igualmente recuerdo con cariño a los compañeros, gente muy luchadora”, asegura aquel jugador que Mario Pesquera definió como “El extraterrestre”. Le preguntamos por su papel en el Obra, por aquellos 12 partidos. No saca pecho pese a sus exhibiciones. “Meter puntos era la responsabilidad que tenía como profesional, como jugador referencia del equipo”, subraya un hombre que todavía recuerda los dos emblemas de la ciudad: la catedral -es una persona profundamente religiosa- y la lluvia.

Nate Davis con el OAR. El otro americano (con el 4) es Bill Collins
(Foto: Diario de Ferrol)
Nathan Davis debutó con el Obradoiro el 14 de noviembre de 1982 en Manresa, pocos días después de que el jugador franquicia del equipo, Chuck Verderber, se rompiese el tendón de aquiles y ya de paso las esperanzas obradoiristas de tener una temporada tranquila y sin sobresaltos. Su último partido lo jugó en Madrid apenas dos meses después, el 23 de enero. 11 derrotas y solo una victoria, la conseguida en Sar frente a su exequipo (Miñón Valladolid) a principios de año. Una docena de encuentros, una media de 26,7 puntos por partido y algunas jugadas de esas que sobreviven intactas en la memoria aunque hayan pasado más de 30 años.

En el artículo de este blog sobre el paso de Nate Davis por el Obradoiro se hace mención a lo que sucedió en el legendario Obra-Real Madrid de enero del 83, primera visita en partido oficial de la escuadra madrileña a Compostela. Incluido aquel mate cuando el Madrid ganaba de veintetantos y el ánimo de la afición santiaguesa estaba por los suelos. Como contamos en el anterior artículo, un aficionado que lo vio en directo, Ricardo Canosa, lo describía así: “Coge el balón a ocho metros de canasta, se echa a correr, tira el balón contra la tabla, pega un chimpo de la ostia y hace un mate estratosférico. Todos sabíamos que era ilegal y Nate también, por supuesto, pero saltamos todos de nuestros asientos tras haber visto aquello y salimos de allí con una sonrisa en la boca a pesar de la que nos había caído. Ellos pudieron ganar de 30 pero no pudieron parar la mejor jugada del partido”.

Nate, en su época del Obradoiro, el día de su debut
(Foto: Cedida por Tonecho Lorenzo)
Esa jugada tampoco la olvida Abel Amón, uno de los compañeros de Nate Davis en aquel Obradoiro 82-83. Puntualiza que no fue uno sino varios los mates que Nate se sacó de la manga aquella jornada frente a Romay y compañía. Pero incide en el más famoso de todos, el que hizo “que todo el público y el banquillo merengue se pusiese en pie”. Y Abel también engrandece su hazaña contra Baskonia, porque aquellos 41 puntos “hubieran sido 50 de haber triples”. La línea de tres todavía no se había pintado en las canchas de basket españolas cuando Nate Davis jugó con el Obradoiro.

SIN RENCOR

Que Nate Davis guardase un recuerdo no demasiado grato de su estancia en Santiago era una opción factible si se analiza en su conjunto su paso por el Obra. No duró más de dos meses, y el jugador acabó haciendo las maletas a Estados Unidos cansado de unos impagos que mermaron notablemente el rendimiento de toda la plantilla. Además, también tuvo que vivir el adiós inesperado del entrenador (el yugoslavo Todor Lazic) y el agravamiento de los problemas de salud de su mujer.

Pero en sus respuestas no hay un ápice de rencor. “Cada lugar donde he jugado ha sido muy especial, me ha formado y he aprendido mucho”, reconoce. Incluso guarda un buen recuerdo de la que fue, efímeramente, su casa durante unas semanas. “Me encantaba el pabellón del Obradoiro”, nos cuenta Nate de ese viejo espacio deportivo que hoy ya no existe y sobre el cual se construyó el Multiusos Fontes do Sar. Aunque aquí también hay sitio para una anécdota, porque el primer partido (no oficial) que disputó con el Obradoiro tuvo lugar en el pabellón universitario del Campus, en un partido amistoso jugado contra el Peleteiro, como también nos recuerda Abel Amón.

Durante la presentación de Informe Robinson
Lo cierto es que quizás sea osado mitificar el paso de Nate Davis por Santiago dentro de su trayectoria deportiva. Aunque tampoco parece descabellado llegar a la conclusión de que aquellos meses supusieron para él un punto de inflexión en su carrera. Hubo un antes: su estancia en Askatuak y sobre todo en Valladolid, con aquel mítico partido de los 28 puntos jugando con la mano rota. Y hubo un después, el que le convirtió en leyenda del baloncesto y de las calles ferrolanas. Y en el medio, Santiago. ¿Volvió a sentirse jugador? “Siempre me sentí jugador, siempre creí en mí; y sabía que solo tenía que tener fe y trabajar cada día, tenía el apoyo de mi familia”.

Además de no dejar sitio para el rencor, incluso tiene un hueco para celebrar a su manera que el Obradoiro haya retornado a la ACB tras casi dos décadas de penurias e injusticias. Se alegra por el club, porque “la vida a veces conlleva luchar mucho”. Pero sospecho que se alegra sobre todo por Galicia, porque esta tierra “debe tener equipos en la alta competición, es un lugar de baloncesto”. Son las paradojas: Nate vivió un Obradoiro roto y un OAR en la cumbre. Hoy los papeles se han intercambiado, aunque por unos días Ferrol ha recuperado los momentos de gloria que Nate Davis protagonizó en la ciudad departamental. Esos momentos que ninguna ciudad debe perder.

(Artículo publicado en el número 3 de la revista SCQ Basket)