martes, 18 de marzo de 2014

La temporada 1982-83 fue la primera en la que el Obradoiro compitió en la élite del baloncesto español. La gran oportunidad de poder estrenarse contra los grandes tras 12 años de existencia. Se había logrado el ascenso en Mataró y ahora Santiago vería al fin al Obra competir contra Real Madrid, Barça, Estudiantes, Joventut... Y dos personas que vivieron con intensidad aquellos partidos desde la grada fueron los hermanos Taboada.

Marcos tiene el detalle de enviarnos su carnet de aquella temporada. Gracias a este recuerdo de hace 32 años descubrimos que el abono para un chaval valía 4.000 pesetas, más las 200 pesetas por la reserva de asiento en el viejo Sar. Era el precio de ver en directo al Barça de Epi y Solozábal, al Madrid de Brabender y Fernando Martín... Y a Nate Davis con la camiseta del Obra! Con este carné también descubrimos que en aquel momento el Obradoiro superaba de largo los 1.300 socios.

Además del carné, en aquellas temporadas el abonado recibía una cartilla de hojas correspondientes a cada partido de esa temporada. En ella, Marcos iba apuntando el resultado de cada partido. La de la imagen se corresponde al encuentro Obradoiro-Miñón Valladolid, uno de los 12 partidos que jugó Nate Davis con el Obra y el único en el que El extraterrestre se llevó la victoria. Fue por un ajustado 103-102, como se puede comprobar en la imagen.


Pero Marcos también me envía el carné que esa misma temporada tenía su hermano Ricardo. "Con menos de 10 años ya iba a ver al Obradoiro, y si yo fui esos años a ver esos partidos es por una persona muy especial para mí, mi hermano mayor Ricardo: él era el mayor aficionado del Obra que conozco", me cuenta. Los carnés hablan por si solos: ambos se renovaron en el mismo día, y los números son consecutivos. Si Marcos era el socio 1.306, su hermano mayor tenía el 1.307.

A diferencia del abono cadete, el abono senior costaba casi el doble: 7.000 pesetas.

Ricardo falleció hace dos años por un infarto. Marcos me cuenta que tras el retorno del Obra a la ACB su hermano "no iba a los partidos porque se emocionaba mucho, pero los veía todos por la tele". Y a él le debe sus primeros recuerdos obradoiristas, acudiendo al pabellón con su hermano y la pareja de éste, Isabel. "Me llevaba en su viejo escarabajo blanco a los partidos del viejo Sar", relata Marcos.

Sirvan estas líneas como homenaje para todos esos obradoiristas que, como Ricardo, ya no pueden acudir al Fontes do Sar pero contribuyeron a engrandecer al club con sus ánimos en algún momento de la historia. Y que, seguro, siguen celebrando los éxitos del club estén donde estén.

(Gracias a Marcos Taboada por enviarnos los carnés y contarnos esta historia)

sábado, 8 de marzo de 2014

El jugador que durante más temporadas ha defendido la camiseta del Obradoiro en categorías profesionales tiene las rodillas destrozadas de tanto paso por el quirófano y tanto desgaste. Pero los problemas físicos no le impiden mirar hacia atrás, ejercitar la memoria y recuperar desde tierras herculinas algunos momentos decisivos de su paso por el Obra. Los buenos y los malos. Los que convirtieron a Mario Iglesias Botia en un referente para el obradoirismo. Para los mayores, porque le vieron anotar, rebotear y hacer su clásico reverso en el viejo Sar. Y para los jóvenes, porque muy seguramente sus familiares le habrán hablado alguna vez de lo que significó este coruñés de 1,92 en la historia del club.
Mario, en un Feiraco-Tenerife allá por 1985
(Foto: Cedida por Tonecho)
Empezamos por lo personal. Y llega la primera en la frente. "Tengo las rodillas de un hombre 75-80 años; los médicos me han dicho que aguante lo que pueda", reconoce Mario. Una artrosis degenerativa de grado máximo que es consecuencia directa de los múltiples problemas en las rótulas que padeció durante toda su carrera deportiva. Unos problemas que le acompañaron desde joven, desde que sufrió su primera operación cuando formaba parte del Cotonificio de Badalona y todavía no había aterrizado en Compostela.

Una de las preguntas que tenía pendiente de hacerle a Mario tiene que ver con sus primeros recuerdos con el basket. Su trayectoria en las pistas ya fue abordada en este blog hace unos meses, pero quedaba por saber cómo había ido a parar a Cataluña desde su A Coruña natal. La respuesta está en la participación del equipo de su colegio, el Santa María del Mar, en un Campeonato de España representando a Galicia. Un equipo de colegio (en el sentido estricto de la palabra) que iba a competir durante unos días con los clubes más fuertes de España. Fue en ese torneo en el que Aíto le echó el ojo y decidió llevárselo a Badalona para jugar en el Cotonificio. Y es que una de las cunas del basket español tenía en aquellos años dos equipos en la actual ACB. Uno era la Penya. Al otro se le conocía como el equipo algodonero y tenía de segundo entrenador a un tal Manel Comas.

Con el clásico tiro en suspensión
(Foto: Cedida por Tonecho)
Pero el mejor recuerdo que guarda Mario Iglesias de aquellos años de baloncesto no tiene que ver tanto con canastas y rebotes, ni con los partidos en los que metía más de 40 puntos, ni con aquellos tiempos en los que formaba una pareja letal con José Antonio Gil, sino con las experiencias vividas fuera de la pista. Con la sensación de sentirse apreciado por el hecho de formar parte del equipo de la ciudad y de compartir triunfos y decepciones con los vecinos. "Me quedo con el cariño de la gente; no ganábamos un puto duro pero éramos una piña y la gente de la ciudad se portaba con mucho cariño con nosotros".

Y es que el sueldo (en pesetas) no era tampoco para echar cohetes, pero el jugador tenía también una serie de extras que hacían que la relación entre la plantilla y la directiva fuese todavía más estrecha. Por ejemplo, un directivo en aquel entonces (Sebi) era mecánico y arreglaba los coches de los jugadores cuando tenían algún problema, incluido el Seat 600 de Mario Iglesias. También comían en el restaurante de otro miembro de la directiva, Serafín, ya fallecido. "Era totalmente distinto a lo de ahora", remarca. Por mucho que los jugadores se puedan sentirse cómodos en Compostela, difícilmente se llega en el basket actual a esos niveles de proximidad entre afición, jugadores y directiva.

No obstante, en el terreno extradeportivo también hay sitio para los momentos agrios. Porque es necesario introducir un matiz. "Más que el cariño de la gente, me quedo con el cariño de las personas. En el mundo hay mucha gente, sobre todo cuando estás arriba, pero hay pocas personas". Cita nombres vinculados de toda la vida al obradoirismo como Tonecho Lorenzo, Manolo Vidal o Antonio López Cid, "que me enseñó todo lo que sé, incluso la mala leche en la pista". "López Cid daba cinco asistencias cada partido", recuerda.

MATARÓ: EL PARTIDO
Lo deportivo. Mucho de lo que hablar desde que Mario Iglesias Botia aterrizó en Obradoiro a finales de los setenta y se marchó (de forma definitiva) en el verano de 1988. En el medio, un paso por el Bosco de A Coruña -lo que le permitió volver a su ciudad- que duró dos temporadas. Y un epílogo en distintos equipos como Oviedo o Aguas de Mondariz de Vigo. Pero el nombre de Mario Iglesias estará siempre unido al Obradoiro.

Y en ese recorrido hubo tiempo para casi todo. Momentos de los buenos, como el campeonato de España de Segunda División (1985), el ascenso a la actual ACB (1982) o las temporadas de buen baloncesto que vio Santiago durante la época de Bill Collins, Ricardo Aldrey y compañía. También vivió el fracaso colectivo que supone un descenso de categoría. Con la agravante de que eso fue lo que pasó en su último partido oficial con la camiseta de Obradoiro, en el cuarto partido de un play-out en Andorra. Difícil imaginar un peor final tras muchas temporadas defendiendo a un mismo club.

Mario, en el famoso partido de Mataró (1982)
Pero en el balance pesan más los momentos inolvidables. Los triunfos y los grandes triunfos. Y después está lo que pasó en Mataró el 25 de abril de 1982. Una victoria en la que Mario Iglesias tuvo mucho que ver, y que supuso el mayor éxito en la historia del club hasta el ascenso de Burgos. A mayores, hay que tener en cuenta que el equipo no había iniciado la temporada con el objetivo del ascenso, pero se lo fue creyendo a medida que pasaban las jornadas y al final sucedió lo que (felizmente) sucedió.

Lo de Mataró ya se ha contado también con pelos y señales. Y Mario Iglesias -al que otro obradoirista, José Manuel Calvelo, se refirió recientemente en Facebook como El Gamo- tampoco lo ha olvidado. ¿Cómo olvidar algo así? "En la primera parte perdíamos de 12", relata. Agarrotados por la presión de quedarse sin ascenso en el último partido, lo que Alberto Abalde definió como "remar tanto para quedarnos en la orilla". El sueño se esfumaba tras tocarlo con las punta de los dedos.

Pero todo cambió en la segunda parte. Las canastas empezaron a entrar, la defensa subió de nivel y el Obra comenzó a carburar. Y ahí apareció una vez más Mario Iglesias Botia. Él mismo lo recuerda sin apelar a la falsa humildad. "Me los comí en la segunda parte, con 17 puntos". Así de claro. Entre Mario y Gil enchufaron 53 de los 89 puntos que le valieron al Obradoiro para ascender a la actual ACB aquella mañana de domingo.

Celebración en Lavacolla tras el ascenso de 1982
Y el recibimiento en Lavacolla. Un recuerdo en el que coinciden todas las personas con las que he hablado y que estuvieron esa noche en el aeropuerto compostelano. Varios cientos de personas se plantaron en la pista -cualquiera imagina la multa de AENA si alguien lo intenta hoy en día- y recibieron a jugadores y cuerpo técnico como merecían, viéndolos bajar del avión de Iberia como si fuesen jefes de Estado. "Toda esa gente apareció allí en Lavacolla... Parecía como si fuésemos los de la cabalgata de Reyes", recuerda todavía impresionado. Mario Iglesias y otros salieron en hombros de la terminal compostelana y hay fotos que lo demuestran.

¿Y LA ACB?

La última pregunta tiene que ver con la que puede parecer el gran lunar de la trayectoria de Mario Iglesias como deportista: la élite. La ACB. A día de hoy cuesta entender como un jugador de sus características nunca llegó a disputar ni un minuto en la máxima categoría del basket español, y más si se tiene en cuenta que en aquella época el número de jugadores extranjeros no pasaba de dos por equipo, por lo que los jugadores españoles tenían mayores oportunidades de formar parte de los equipos de primer nivel por la sencilla razón de que los necesitaban. Lo de Bosman era sencillamente inimaginable.

La primera razón podría estar en que nuestro protagonista prefirió ser cabeza de ratón antes que cola de león en un equipo ACB, en el que nunca tendría el protagonismo que sí tuvo en la segunda categoría. Pero el principal motivo está en sus problemas físicos. En las malditas rodillas, un problema que -como él mismo ha admitido- tendría una solución de haberse producido hoy en día y con los tratamientos que en aquel momento no existían.
El Obradoiro 1981-82, que logró el ascenso a la actual ACB.
Mario es el segundo en la fila de abajo, empezando por la derecha
La gran oportunidad de pisar la actual ACB estuvo precisamente en el verano de 1982, una vez que el Obradoiro logró el ansiado ascenso a la élite. Mario tenía un hueco en esa plantilla. Pero decidió desvincularse del Obra y mudarse 65 kilómetros al norte para seguir en la Primera B con la camiseta del Bosco coruñés. Otra vez las rodillas.

Y es que el Obra contrató como entrenador para su estreno en la élite al yugoslava Todor Lazic. Y Mario Iglesias sabía de sobra que con un mister de estas características era prácticamente imposible tener minutos sin entrenar al máximo nivel. "Con los entrenadores yugoslavos, el que no entrena no juega. Quizás con un entrenador que comprendiera eso... [sus problemas físicos], pero con un yugoslavo no era posible", resume. Los jugadores que vivieron aquello dan fe de la dureza de los entrenamientos y de la exigencia física de aquellos meses. "Por ejemplo ahí estaba Ricardo Aldrey, que era una moto, una bestia entrenando", recuerda. Él era consciente de sus limitaciones, y esa espina quedó ahí.

Mario, en A Coruña, en la entrevista que le realizó
Cristina Guillén para El Correo Gallego
Mucho ha cambiado el basket desde los tiempos de Mario Iglesias, incluido el viejo pabellón de Sar, reconvertido bajo el mismo terreno en un Multiusos con 6.000 asientos. Pero lo que no ha cambiado es el reconocimiento y el cariño con el que le recuerdan los que le vieron jugar en Sar. Un homenaje que, a buen seguro, le brindaría el obradoirismo si alguna vez tiene oportunidad de hacerlo. En manos del club está acordarse algún día del jugador que más veces ha vestido la camiseta del Obra.

(Artículo publicado también en el número 4 de SCQ Basket)

sábado, 22 de febrero de 2014

Un 22 de febrero, pero de 1977, el Obradoiro terminó de jugar el que probablemente haya sido el partido de baloncesto más largo que ha disputado en toda su historia. Un encuentro que había comenzado a mediados de noviembre en un barrio de Málaga y que, tres meses después, concluyó con final feliz para el equipo santiagués. Hoy alguno de sus protagonistas recuerda con humor unos hechos que en el basket actual parece imposible que puedan pasar. Pero en la recién estrenada democracia española sí sucedían.

Plantilla del Obradoiro 1976-77
Esta historia comenzó un 14 de noviembre de 1976 en Málaga. Antes de que el Unicaja fuese una realidad había un equipo en la Costa del Sol que acababa de ascender a la Segunda División -la actual LEB- llamado Miraflores. Y a tierras malagueñas se desplazó el Obradoiro con el objetivo de traerse de vuelta una alegría tras iniciar de forma esperanzadora aquella temporada 1976-77, la cuarta consecutiva en la categoría de plata del basket español: un balance de tres victorias en cinco partidos.

Es cierto que el rival en esa jornada 6 era un recién ascendido a la Segunda División. Pero a esas alturas el Miraflores no había perdido todavía ningún partido como local. Y su pabellón tenía fama de ser una cancha caliente, con un público muy pegado a los banquillos que animaba con gran forofismo. No era una empresa sencilla la que le tocaba al Obra de Gil, López Cid, Bernárdez, Powell, Quino Salvo, Boni y compañía aquel domingo de noviembre.

Quino Salvo, en la temporada 76-77
Nada más empezar el partido el Obra se puso por delante y cogió rápidamente una cómoda ventaja. En el descanso el marcador reflejaba un 27-47 que dejaba a las claras el dominio del equipo compostelano. Las cosas tampoco cambiaron en la segunda mitad hasta que, con 32 minutos y 7 segundos transcurridos, se rompió el aro de una de las canastas del pabellón. Se supone que alguno de los jugadores machacó con tal virulencia que destrozó el aro. En ese momento mandaba el Obra por 54-68, y como el pabellón carecía de aro de repuesto no hubo más remedio que suspender el partido.

Lo que puede parecer un hecho intrascendente en ese momento fue el centro de una curiosa polémica. Porque el acta arbitral reflejó que el aro lo había roto un jugador del Obradoiro, mientras la prensa santiaguesa aseguraba lo contrario: que había sido el jugador extranjero del equipo malagueño quien se había cargado la maltrecha canasta.

Recorte de El Correo Gallego el día siguiente del partido
El enfado fue a más en el club compostelano cuando la prensa madrileña publicó días después unas declaraciones del entrenador malagueño en las que volvía a acusar a un integrante de la plantilla del Obradoiro de haber perpetrado la polémica acción. Y claro, no había cámaras de televisión que sacasen de dudas. "No le debió de sentar nada bien que en el momento de suspenderse el partido el Obradoiro fuese de una forma tan clara por delante en el marcador", le dedicó El Correo Gallego al coach andaluz.

Sea como fuere, lo más insólito de esta historia es que la Federación Española de Baloncesto no fue especialmente ágil a la hora de tomar una decisión. Finalmente ordenó jugar el tiempo que faltaba del partido, lo que obligó al Obradoiro a buscar una solución lo menos gravosa posible teniendo en cuenta lo surrealista de la situación: tendría que ir a la otra punta de España a jugar un partido de 7 minutos y 53 segundos.

Un partido del Obra en esa temporada
(Foto decida por Tonecho)
LA SOLUCIÓN

¿Cómo se solucionó el entuerto? Resulta que tres meses después de la desfeita de Miraflores, el Obradoiro tenía que visitar la cancha del Mataró el domingo 20 de febrero. Así que, una vez disputado ese partido, la expedición santiaguesa -liderada por José Manuel Couceiro- tomó rumbo al sur y se dirigió a Málaga para disputar ese mismo martes el encuentro suspendido y a continuación regresar a Santiago.

Lo que puede parecer una odisea se recuerda ahora con diversión, porque la plantilla y el cuerpo técnico del Obra se alojó durante esos días en un hotel de Torremolinos, y todos ellos disfrutaron de unas minivacaciones lejos del invierno compostelano. "Fueron tres días de puta madre, lo único que falló es que hubo que jugar el partido", me cuenta entre risas Julio Bernárdez, uno de los juniors del Obra aquella temporada. Han pasado casi 40 años pero Julio no olvida los intentos de entrenamientos físicos en el jardín del hotel, con los jugadores mezclados entre turistas de distintas nacionalidades.

Pero faltaba la guinda del pastel. Porque en el hotel de Torremolinos apareció nada menos que Tonecho Lorenzo. ¿Y qué se le perdía en la Costa del Sol? Pues resulta que esa temporada 76-77 Tonecho estuvo cumpliendo el servicio militar en Melilla, al tiempo que lideraba un equipo en la ciudad autónoma, los Regulares de Melilla. Y aprovechando la proximidad, se acercó a Torremolinos para hacer piña con los que habían sido sus compañeros hasta ese año. Sobra decir que esa temporada Tonecho se hartó de meter puntos en el grupo en el que estaban los Regulares de Melilla. A Tonecho no le he comentado nada de esta historia para que sea una sorpresa. ¿Se acordará? Seguro que sí.

¿Y EL PARTIDO?

¿Y qué pasó con el partido? Pues que se jugaron los escasos 8 minutos y que ganó el Obradoiro (81-76). Uno de los encuentros más largos de la historia del club concluyó ese 22 de febrero con victoria para el equipo compostelano. Se prolongó más de la cuenta, nada menos que 100 días, pero lo importante es que -pese a todo- el Obra regresó a Santiago con el sabor de la victoria. Y con la piel un poco más bronceada, claro...

sábado, 8 de febrero de 2014

"La mejor gente del mundo está en Ferrol. Echo de menos a esta gente, aquí el baloncesto era increible, lo máximo". Palabras de Nate Davis, leyenda viva del baloncesto español, durante un reportaje emitido recientemente por Televisión de Galicia con motivo de la presencia de Nate en España para la grabación de un especial de Informe Robinson. Ferrol sigue ocupando el principal lugar en el corazón y en la memoria de un personaje pionero y único. Admirado por lo que hizo y querido por lo que padeció, por esa triste historia personal que le ha marcado su vida y de la que, a día de hoy, no se ha recuperado del todo. Es guardia de seguridad en una urbanización y acude de vez en cuando a ver a los Atlanta Hawks. El basket sigue ahí y Galicia también.

Nate, en el homenaje que recibió en Ferrol
(Foto: Blog de Basket)
Pero dentro de ese universo en el que casi todos los planetas y estrellas giran alrededor del OAR... ¿Hay sitio para el Obradoiro, por pequeño que sea? La experiencia en Santiago de Nate Davis no es comparable a la de Ferrol. Se reduce a 12 partidos, suficientes para ostentar el récord de anotación del Obra en la élite (41 puntos ante el actual Laboral Kutxa) y para dejar grabadas algunas jugadas en las retinas de las personas que ya acudían al viejo pabellón de Sar en los últimos meses de 1982. Pero solo 12 partidos. ¿Se acuerda Nate de su paso por Compostela? Y lo más importante... ¿Es un buen recuerdo, o ha querido borrarlo como tantos otros momentos ingratos de su vida?

Gracias a los compañeros de Informe Robinson resulta posible despejar esa incógnita. Él mismo accede a recuperar para la memoria aquellos meses en los que fue obradoirista. “[Aterrizar en Santiago] fue muy especial porque era un cambio en mi vida, un paso muy importante; igualmente recuerdo con cariño a los compañeros, gente muy luchadora”, asegura aquel jugador que Mario Pesquera definió como “El extraterrestre”. Le preguntamos por su papel en el Obra, por aquellos 12 partidos. No saca pecho pese a sus exhibiciones. “Meter puntos era la responsabilidad que tenía como profesional, como jugador referencia del equipo”, subraya un hombre que todavía recuerda los dos emblemas de la ciudad: la catedral -es una persona profundamente religiosa- y la lluvia.

Nate Davis con el OAR. El otro americano (con el 4) es Bill Collins
(Foto: Diario de Ferrol)
Nathan Davis debutó con el Obradoiro el 14 de noviembre de 1982 en Manresa, pocos días después de que el jugador franquicia del equipo, Chuck Verderber, se rompiese el tendón de aquiles y ya de paso las esperanzas obradoiristas de tener una temporada tranquila y sin sobresaltos. Su último partido lo jugó en Madrid apenas dos meses después, el 23 de enero. 11 derrotas y solo una victoria, la conseguida en Sar frente a su exequipo (Miñón Valladolid) a principios de año. Una docena de encuentros, una media de 26,7 puntos por partido y algunas jugadas de esas que sobreviven intactas en la memoria aunque hayan pasado más de 30 años.

En el artículo de este blog sobre el paso de Nate Davis por el Obradoiro se hace mención a lo que sucedió en el legendario Obra-Real Madrid de enero del 83, primera visita en partido oficial de la escuadra madrileña a Compostela. Incluido aquel mate cuando el Madrid ganaba de veintetantos y el ánimo de la afición santiaguesa estaba por los suelos. Como contamos en el anterior artículo, un aficionado que lo vio en directo, Ricardo Canosa, lo describía así: “Coge el balón a ocho metros de canasta, se echa a correr, tira el balón contra la tabla, pega un chimpo de la ostia y hace un mate estratosférico. Todos sabíamos que era ilegal y Nate también, por supuesto, pero saltamos todos de nuestros asientos tras haber visto aquello y salimos de allí con una sonrisa en la boca a pesar de la que nos había caído. Ellos pudieron ganar de 30 pero no pudieron parar la mejor jugada del partido”.

Nate, en su época del Obradoiro, el día de su debut
(Foto: Cedida por Tonecho Lorenzo)
Esa jugada tampoco la olvida Abel Amón, uno de los compañeros de Nate Davis en aquel Obradoiro 82-83. Puntualiza que no fue uno sino varios los mates que Nate se sacó de la manga aquella jornada frente a Romay y compañía. Pero incide en el más famoso de todos, el que hizo “que todo el público y el banquillo merengue se pusiese en pie”. Y Abel también engrandece su hazaña contra Baskonia, porque aquellos 41 puntos “hubieran sido 50 de haber triples”. La línea de tres todavía no se había pintado en las canchas de basket españolas cuando Nate Davis jugó con el Obradoiro.

SIN RENCOR

Que Nate Davis guardase un recuerdo no demasiado grato de su estancia en Santiago era una opción factible si se analiza en su conjunto su paso por el Obra. No duró más de dos meses, y el jugador acabó haciendo las maletas a Estados Unidos cansado de unos impagos que mermaron notablemente el rendimiento de toda la plantilla. Además, también tuvo que vivir el adiós inesperado del entrenador (el yugoslavo Todor Lazic) y el agravamiento de los problemas de salud de su mujer.

Pero en sus respuestas no hay un ápice de rencor. “Cada lugar donde he jugado ha sido muy especial, me ha formado y he aprendido mucho”, reconoce. Incluso guarda un buen recuerdo de la que fue, efímeramente, su casa durante unas semanas. “Me encantaba el pabellón del Obradoiro”, nos cuenta Nate de ese viejo espacio deportivo que hoy ya no existe y sobre el cual se construyó el Multiusos Fontes do Sar. Aunque aquí también hay sitio para una anécdota, porque el primer partido (no oficial) que disputó con el Obradoiro tuvo lugar en el pabellón universitario del Campus, en un partido amistoso jugado contra el Peleteiro, como también nos recuerda Abel Amón.

Durante la presentación de Informe Robinson
Lo cierto es que quizás sea osado mitificar el paso de Nate Davis por Santiago dentro de su trayectoria deportiva. Aunque tampoco parece descabellado llegar a la conclusión de que aquellos meses supusieron para él un punto de inflexión en su carrera. Hubo un antes: su estancia en Askatuak y sobre todo en Valladolid, con aquel mítico partido de los 28 puntos jugando con la mano rota. Y hubo un después, el que le convirtió en leyenda del baloncesto y de las calles ferrolanas. Y en el medio, Santiago. ¿Volvió a sentirse jugador? “Siempre me sentí jugador, siempre creí en mí; y sabía que solo tenía que tener fe y trabajar cada día, tenía el apoyo de mi familia”.

Además de no dejar sitio para el rencor, incluso tiene un hueco para celebrar a su manera que el Obradoiro haya retornado a la ACB tras casi dos décadas de penurias e injusticias. Se alegra por el club, porque “la vida a veces conlleva luchar mucho”. Pero sospecho que se alegra sobre todo por Galicia, porque esta tierra “debe tener equipos en la alta competición, es un lugar de baloncesto”. Son las paradojas: Nate vivió un Obradoiro roto y un OAR en la cumbre. Hoy los papeles se han intercambiado, aunque por unos días Ferrol ha recuperado los momentos de gloria que Nate Davis protagonizó en la ciudad departamental. Esos momentos que ninguna ciudad debe perder.

(Artículo publicado en el número 3 de la revista SCQ Basket)

sábado, 1 de febrero de 2014

Un 1 de febrero, pero de 1981, el Obradoiro acabó perdiendo contra el Patronato Bilbao en tierras vascas por un ajustado 88-81. Era la jornada 16 de la Primera B. Hasta aquí, nada lejos de lo normal. Lo peculiar viene cuando observamos el titular de la crónica de El Mundo Deportivo: "Obradoiro, todo en contra". ¿A qué viene eso? ¿Un mal de ojo? ¿Una indigestión previa al partido? Pues no! La razón está en que el Obradoiro acabó con solo 3 jugadores en pista.

Plantilla del Obradoiro 1980-81
(Foto: Charlas bajo la canasta, de Luis Alberto Rey Lama)
A lo largo de la segunda mitad los jugadores del Obra se fueron cargando de faltas personales y abandonando la pista. El primero en ser eliminado fue Manolo Vidal (minuto 28). A continuación siguieron su mismo camino Eduardo Echarri (m.32), Mario Iglesias (m.34), Julio Bernárdez (m.37) y García (m.38). Se quedaron en pista los otros tres solitarios: Cobelo, Alonso y Boni Rodríguez.

Le he preguntado a algunos protagonistas por lo que pasó en Bilbao aquel 1 de febrero. Eduardo Echarri no se acuerda de aquel partido. Y Manolo Vidal reconoce que lo recuerda "vagamente", aunque nos cuenta algo que refleja lo mucho que ha cambiado el basket en las últimas décadas. "Era habitual que allí los arbitrajes fueran bastante caseros y que pitasen muchas faltas; de hecho el quedar con 3 jugadores también me ocurrió allí con el Peleteiro", explica.

Cobelo, Bernárdez y (abajo) Mario Iglesias
(Foto: Charlas bajo la canasta, de Luis Alberto Rey Lama)
Aunque parezca increible, el Obradoiro peleó el partido pese a acabar sobre el parqué bilbaíno con 3 jugadores frente a los 5 del rival. "Tuvimos opciones de ganar hasta el final", recuerda Manolo Vidal. Y la crónica lo confirmó con estas palabras: "Con solo tres jugadores contaría el Obradoiro para hacer frente los últimos minutos, y dicho sea de paso, lo hizo muy dignamente dada la situación". Pero el Patronato de Davalillo y Mikel Cuadra se llevó la victoria.

lunes, 6 de enero de 2014

La historia del Obradoiro CAB está llena de buenos momentos y éxitos deportivos. Cumplidos los 43 años de historia y camino de los 44, en ese tiempo ha habido de todo: ascensos, títulos, jugadores inolvidables y triunfos colectivos más allá de lo deportivo. Pero también fracasos. Momentos que no son agradables de recordar, y que sirven para valorar el presente y para intentar no repetir errores. La temporada 1991-92 es un buen ejemplo de las experiencias obradoiristas que no gusta relatar. Y en esa historia aparece un jugador que estos meses ha vuelto a la primera línea de la actualidad del baloncesto español: Enrique Azcón Vita. Más conocido como Quique Azcón o simplemente por su apellido: Azcón.

Quique Azcón ha protagonizado en este inicio de temporada la campaña de Endesa y la ACB Basket Lover. Lo hace por ser el jugador de menor altura que ha pasado por el parqué de la ACB desde su fundación. Con sus 167 centímetros, Azcón lanza el mensaje de que muchas veces el esfuerzo y la capacidad de superación permiten alcanzar sueños que a priori son imposibles. “Como muchos niños, me di cuenta de que iba a ser bajito a la vuelta de un verano. No hacía falta ser un lince: de repente, todos en clase me quitaban una cabeza. Sin embargo, hubo alguien que supo ver más allá; alguien que no miraba mi estatura, sino mi talento y mi amor por este deporte. Un entrenador con visión de futuro capaz de hacerme encontrar la energía para seguir adelante”, relata en el spot que estos meses se ha podido ver en las televisiones.

Azcón, en el spot de la campaña de ACB Basket Lover
Pero más desapercibido es el pasado obradoirista de Azcón. No mucha gente recuerda que este base de los de antes -él mismo lo reconoce- tuvo un pasado en el Obradoiro. Una experiencia poco gratificante en la parte final de su carrera que justamente coincidió con el último periplo del equipo santiagués antes de iniciar su larguísima travesía por el desierto de los juzgados y la incomprensión federativa y administrativa. Con gran amabilidad, Quique Azcón no solo accede a recuperar algunos recuerdos de aquella temporada. Con él también hablamos de baloncesto en estado puro: del actual, de como ha cambiado respecto a los años 80. Y del basket de base, en el que continúa metido casi 20 años después de dejar de forma definitiva las pistas. Empecemos por el pasado.

EL PASO POR EL OBRADOIRO

Verano de 1991. El Obradoiro, inmerso ya entonces en la batalla judicial por el caso Esteban Pérez, retornaba a la Primera División tras estar apartado durante un año por una decisión injusta de la Federación Española de Baloncesto, que se vio obligada a readmitir en la categoría al Obra. Y bajo el mando del ferrolano Javier Lorenzo se configuró un equipo que en principio no estaba diseñado para pasar apuros en esa Primera B. Pero nada salió como se esperaba. “Esa temporada fue un desastre a todos los niveles, tanto en lo deportivo como en la estructura”, resume.

Azcón, a la derecha, en su etapa en Obradoiro
(Foto: http://bujacocesto.blogspot.com.es)
Azcón reconoce que la plantilla de aquel Obra 1991-92 “no era mala” y un breve repaso por los nombres que la conformaban le da la razón. Miki Abarca, Paco Dosaula, el fallecido Morty de Francisco (padre de Nacho Martín), Jimmy Wright o un grupo de jugadores gallegos (Rama, Loureiro, Ferreira, Seijo...) con ánimo de reivindicarse. Un equipo diseñado para no pasar apuros en la categoría. Todo lo contrario de lo que acabó sucediendo en la realidad.

El principal hándicap en aquella temporada tuvo que ver con los problemas extradeportivos. Hubo dificultades de cobro desde un primer momento y eso tuvo repercusión en los resultados. Nuestro protagonista asegura que a los 15 días de estar Santiago tenía tomada la decisión de marcharse porque intuía lo que se le venía por delante. Finalmente se quedó. Pero la temporada fue un conjunto de problemas y frustraciones. El Obradoiro comenzó con un balance de 0-5 que ya no fue capaz de levantar. A partir de ahí, destitución del entrenador y sustitución por Tim Shea (que acabaría marchandose justo cuando el equipo comenzaba a carburar), llegada de dos nuevos americanos y la condena a jugar la fase de descenso tras rematar la fase regular 4º por abajo y con un balance de 12-18.

En la presentación del Caja Bilbao-Obradoiro, su último partido con el Obra
(Foto: El blog de Mirón)
Y eso que la fase de descenso comenzaría bien, con una victoria en el pabellón de Santa Isabel frente a Askatuak por 81-71. Pero los otros 5 partidos de la fase fueron un desastre tras otro y el descenso de categoría se confirmó en Santiago después de una durísima derrota por 16 puntos contra el Unicaja Melilla, en el que militaba como jugador el futuro segundo entrenador del Obra Chus Lázaro. “Fue una temporada horrorosa”, resume un Azcón que había llegado a Santiago tras defender -entre otras- las camisetas de Premiá, Mataró, Caja San Fernando y Juver Murcia. Y que pasó por Cajabilbao, Cornellá o Tau Vitoria antes de acabar su carrera deportiva.

El retorno del Obradoiro a la ACB en 2009 le permitió a Quique Azcón cobrar una parte de la deuda que tenía pendente el club con algunos de aquellos jugadores. Pero el pequeno base catalán, formado en la inagotable cantera del Joventut, sí guarda buenos recuerdos extradeportivos de su periplo en tierras galegas. “La experiencia en Galicia y en la ciudad fue extraordinaria”, asegura. Por ejemplo, le sirvió para aprender a distinguir un buen marisco en los mercados de Compostela. Azcón se declara admirador confeso de los crustáceos y, evidentemente, pocos sitios mejores que Galicia para desarrollar esa afición.

OTRO BASKET

Pero cuando se siente más cómodo en la conversación es hablando de basket. O mejor dicho, de lo mucho que ha cambiado el baloncesto desde finales de los 80 hasta la actualidad. Empezando por la alarmante caída de nivel. “Los equipos en aquel momento, en la Primera B, eran muy buenos; era muy difícil competir e incluso la Segunda División aquí en Cataluña tenía mucho nivel”, defiende. En la memoria aparecen aquel Juver Murcia de Davalillo, Esteban Pérez, Mike Philips, Abarca o el propio Azcón. Y aquel Obradoiro de Anger, los hermanos Solsona, Pepe Collins, Dosaula o Modrego.

En su etapa en Caja San Fernando
(Foto: www.espacioligaendesa.com)
¿Tendría sitio Quique Azcón y sus 167 centímetros en el basket actual? “No, yo no podría jugar con este baloncesto”, reconoce. Han pasado solo dos décadas pero el cambio en el deporte de la canasta ha sido de tanta envergadura que no tiene problema alguno en reconocerlo. El motivo probablemente sería el mismo del que habla en el anuncio de la Liga Endesa: ¿quién le haría un hueco en un equipo profesional de baloncesto a un jugador que estaba más cerca del 1,65 que del 1,70?

A su juicio, el gran cambio en el basket moderno ha estado en el paso de los 30 a los 24 segundos de posesión. Eso obligó a cambiar un basket “más estratégico”, en el que el base tenía tiempo para maquinar los esquemas sin la premura del reloj, por un basket más físico y en el que el tiro de larga distancia cambió su papel de invitado por el de protagonista. “Hoy el jugador ya no es un 1 o un 2, son todos 'exteriores'. Yo era pequeño y rápido pero seguro que hoy no jugaba”, admite. El segundo gran cambio vino de la mano de la Ley Bosman y su evidente repercusión sobre las canteras de los equipos.

En un Real Madrid-Juver Murcia
(Foto: www.basketme.com)
Azcón siguió y sigue vinculado al baloncesto. Primero en el campo profesional, en el ámbito de la representación deportiva. Ahora únicamente como miembro de la directiva del Sant Josep de Badalona, en el que jugó hasta hace meses su hijo. Más que una directiva, un “grupo de amigos” que luchan contra las dificultades económicas propias de cualquier club de base gracias al apoyo del empresario Julio Gálvez Puey, en otro tiempo presidente del Aracena, equipo que llegó a militar en LEB. De sus palabras queda claro que sigue creyendo en la cantera como espacio de formación útil para cumplir sueños y disfrutar del deporte. Justo lo que él llegó a conseguir con sus 167 centímetros cuando llego a la ACB.

(Este artículo fue publicado en el número 2 de la revista SCQ Basket. El número 3 ya está a la venta)

martes, 24 de diciembre de 2013

Cualquier obradoirista que cruce el charco y pase por Royal Oak, un suburbio al norte de Detroit, debería hacer una parada técnica en la pastelería situada en el 304 de S Main Street. Porque quizás tenga la fortuna de encontrarse allí con Maceo Baston. Sí, con Maceo Baston. Aquel pívot que pasó efímeramente por el Obradoiro en el otoño de 2010 hace tiempo que colgó sus zapatillas, y ahora se dedica al dulce negocio de promocionar el considerado pastel de moda en medio mundo: el cupcake. Si la ocupación más habitual de un exbaloncestista profesional pasa por seguir vinculado al deporte (bien como entrenador, bien en otras facetas como la representación deportiva), en este caso nuestro protagonista ha optado por una faceta más original y sobre todo más azucarada.

Maceo, tras jugar su último partido con el Obra
(Foto: Fruqui)
Taste Love Cupcakes es el nombre del establecimiento pastelero que en 2011 montaron Maceo Baston, su pareja (Yolanda Baston) y una socia capitalista (Michelle). Parece que el negocio va viento en popa y su pastelería no solo es una referencia en Royal Oak, sino que incluso ha participado en un curioso programa de televisión denominado Guerra de cupcakes, que en España se puede ver en el canal Divinity y que en Estados Unidos está causando furor.

Yolanda y Michelle, con unos suculentos cupcakes
El éxito que está cosechando junto a su mujer y su socia en el incipiente sector de la repostería no es el que obtuvo durante su paso por Obradoiro. Es más, Maceo Baston (un 2,11 tirando a ligero) tiene un hueco en la historia del club porque es el jugador norteamericano que menos tiempo pasó como integrante de la plantilla. Fueron apenas dos partidos. Sus clientes saborean las magdalenas de Taste Love Cupcakes, pero lo cierto es que la afición obradoirista apenas pudo disfrutar de un extraordinario jugador con un currículum brillante y nada anodino. No es que Baston dejase un mal sabor de boca en el obradoirismo: simplemente, no hubo tiempo ni para eso.

Maceo debutó con el Obradoiro en partido oficial en Girona, en la primera jornada de la LEB 2010-2011. Y siete días después puso punto y final a su experiencia en Santiago con una victoria frente a Melilla. Solo dos partidos. Casi 28 minutos. 8 puntos, 3 rebotes, 2 mates, 1 tapón, 9 faltas cometidas y 3 recibidas, 1 asistencia, 2 balones robados y 1 perdido. Todo ello, para 6 de valoración. Ese es el escaso balance que supuso el paso de todo un ex NBA por las filas del Obradoiro. Agarrándonos a la estadística, es cierto que se marchó de Santiago con un 100% de victorias. Aunque cae de cajón que no fue precisamente su aportación la causante del éxito en aquellas dos jornadas inaugurales de la LEB.

Con Deron Washington, el norteamericano que superó
 el récord de Bill Collins (Foto: Fruqui)
El motivo de que Maceo Baston no triunfase en Santiago es fácilmente deducible: su forma física. El estado de forma en el que llegó a Obradoiro aquel mes de septiembre no era el más idóneo. Tras dos jornadas, el jugador decidió utilizar una cláusula de su contrato para marcharse*. No se puede obviar que la carrera deportiva de Maceo encaraba su recta final -llegó a Compostela con 34 años- y que en ese fichaje había mucho riesgo. Pero tampoco se deben ignorar dos cuestiones: que su sustituto fue un Michael Ruffin recuperado para la causa, como ya hemos contado aquí; y que en ese vestuario ya estaban dos jugadores más veteranos todavía: Oriol Junyent (nacido el mismo año que Maceo) y Bernard Hopkins (tres años mayor que él).

¿Por qué era un riesgo fichar a Baston? Lo más llamativo es que llegaba a Santiago tras pasarse una temporada prácticamente en blanco. Una vez anunciado el fichaje bomba, la web Tubasket.com alertaba de que su estado físico despertaba "muchas dudas". "La pasada temporada sólo jugó un partido con el Budivelnyk Kyiv ucraniano: 5 minutos sin anotar ni rebotear", señalaba este digital, que no obstante reconocía el "golpe de efecto" del Obradoiro con este movimiento.

En los gloriosos tiempos de Maccabi
(Foto: Solobasket.com)
Y es que fue un bombazo el anuncio de que Maceo Baston jugaría en el Obradoiro y, por encima, en LEB. Por muy mal que estuviese físicamente el jugador, la afición compostelana iba a ver con la camiseta del Obra a un tipo que hace no tanto era uno de los mejores pivots del continente. Campeón de Europa con Maccabi en 2004 y 2005, y subcampeón en 2006. Máximo reboteador del equipo macabeo en las semis de 2004 (10 rebotes) y en la Final Four de 2005. Alguien capaz de llegar a 15 rebotes en una final de Euroliga (2006), o de meterle 20 puntos a Tau en las semis de aquel torneo. MVP de Euroliga (marzo 2006), 5 veces MVP semanal. Récord de tapones (6) en un partido de Final Four. Y más de 100 partidos en NBA, repartidos en 4 temporadas en Indiana y Toronto.

Durante su etapa en los Pacers, con el 9
Esta foto, con autógrafo, se vende en E-Bay
 
¿Cómo no iba a ilusionarse la afición del Obradoiro con este fichaje? Lo extraño sería no hacerlo. No conviene olvidar que ese verano había sido muy complicado en el ámbito institucional y que el club acababa de descender a LEB tras vivir en pocos meses una montaña rusa de sensaciones. De ganarle al Madrid de Messina y rozar la Copa del Rey a perder 16 de los 17 partidos de la segunda vuelta.
El resto de la historia no hace falta contarla porque es conocida. Maceo Baston se marchó, llegó en su lugar Michael Ruffin, Obradoiro ascendió a ACB y ahí permanece desde entonces. ¿Y Baston? Pues en noviembre de 2010 volvió de nuevo a Israel, el sitio donde más brilló en toda su carrera deportiva. Recaló en el Bnei Hasharon. Duró hasta finales de enero. Siete partidos en la tierra prometida para poner punto y final a una trayectoria profesional brillante, aupada tras ser elegido en segunda ronda por los Bulls en el draft de 1998 y en la que también influyó el hecho de ser elegido defensor del año en la CBA.

PASTELES, BALONCESTO Y SU HIJO

A sus 36 años, Maceo Baston dedica su tiempo a tres cosas: el baloncesto, su hijo y los cupcakes. Sobre esto último, hace meses venía a reconocer en una entrevista en la web de los Pacers que no tiene ni idea de las artes gastronómicas. El negocio va viento en popa pero no es precisamente por su destreza con la manga pastelera. "I'm not a baker", decía al respecto, aunque le reconocía al periodista Scott Agness que el tema de la cocina es "terapéutico" y que le permite seguir siendo competitivo. ¿Harán concursos de cocina los integrantes de la familia Baston al estilo MasterChef?

Sitio web de Taste Love Cupcakes, no apto para diabéticos
Parece ser que la idea de montar Taste Love Cupcakes surgió después de que Baston participase en el programa que desarrolla la NBA para que los exjugadores no se arruinen cuando dejan las canchas. Se trata de ayudarles a poner en marcha nuevos proyectos, y en este caso todo ha salido bien. La pastelería no solo funciona en el entorno, sino que incluso se están planteando expandirse por otras zonas de Estados Unidos. Una de ellas podría ser Texas, donde el jugador tiene familia. O Carmel, el barrio al norte de Indianápolis en el que vivió mientras jugaba en los Pacers.

Yolanda y Michelle, a las puertas de su establecimiento
La aventura empresarial no parece irles mal. Además de la amplia variedad de cupcakes que ofrecen a sus golosos clientes, la participación en el programa Guerra de cupcakes les puso en el mapa. Y no solo eso. Su presencia en el concurso fue todo un éxito y se llevaron un premio de 10.000 dólares. Lo que sueña cualquier emprendedor, vaya. El programa puede consultarse en Youtube. No se recomienda su visionado en horas previas a la comida o la cena.

Pero más allá de los cupcakes, Maceo Baston sigue vinculado al baloncesto como han hecho otros tantos jugadores tras dejar las canchas. Actualmente trabaja en el desarrollo de jugadores jóvenes, entre ellos su propio hijo, Maceo jr. El pequeño de los Baston defiende la camiseta del colegio Detroit Country Day School (en la camiseta se ven las iniciales DCDS), es un 1-2 que mide 6-6 y evidentemente se parece muy poco a su padre en el estilo de juego. Todavía está en edad junior. Queda por ver si seguirá los pasos de su progenitor y continúa sus estudios en la Universidad de Michigan.

Maceo Baston jr
(Foto: miprepzone.com)
Maceo Baston asegura que su primer amor (en lo deportivo) fue el fútbol americano. Ahora lo está del basket y ve en la figura de su hijo "el jugador que yo quería ser". Es de suponer que se referirá a la posición en la pista, porque para igualar el brillante palmarés de su padre lo tendrá complicado. Un palmarés en el que el Obradoiro tiene un hueco muy pequeño, casi imperceptible. Solo dos partidos. Pero siempre estarán ahí.

(*rectificación tras el aviso de Jose Martinon)

domingo, 1 de diciembre de 2013

Hoy toca una artículo cortito, de esos en los que una imagen vale más que mil palabras. La imagen es la que veis a continuación: la publicidad insertada en la prensa de Santiago en el verano de 1988. Así era la campaña de abonados del Obradoiro CAB hace 25 años para animar a la afición compostelana a no dejar de lado al equipo tras un verano muy convulso.


Contextualicemos: el verano había sido terrible para la entidad compostelana. El Obra acababa de descender a Segunda División tras perder en Andorra en el play-out de Primera B, en el que fue también el último partido de Mario Iglesias con la camiseta obradoirista. Y, a ante la ausencia de presidente, una gestora dirigía el club porque nadie se quería hacer cargo de él. El riesgo de desaparición era muy grande.

Sin embargo, en ese mes de agosto de 1988 todo cambió para el Obradoiro. En la presidencia aterrizó el conocido empresario palestino Ghaleb Jaber, propietario del Hotel Araguaney, lo que se tradujo en estabilidad (y capacidad económica) para el club. Y nada más llegar a la presidencia, Ghaleb puso en marcha una campaña para captar socios en la ciudad y alrededores. Hace un cuarto de siglo ya existían las "facilidades para el pago de las cuotas" y los distintos tipos de carnets en función de la edad y el núcleo familiar. El lugar para hacerse socio era precisamente el establecimiento hotelero situado en la esquina de Xeneral Pardiñas con Montero Ríos. Más en concreto, en las galerías de esta última calle.

Ghaleb Jaber llegó a la presidencia del Obra en 1988
(Foto: http://www.fronterad.com/)
Pero lo que más me impacta del anuncio es su línea argumental. A falta de miudiños y de connections, los ideólogos de la campaña optaron por un impactante y directo "EL OBRADOIRO CAB ¡RESURGE!". La elección me parece muy acertada teniendo en cuenta lo que sucedió aquel verano.Y los hechos han demostrado que la campaña surtió efecto, porque (una vez más) el Obradoiro protagonizó una resurrección institucional. En la siguiente temporada se quedó a una ronda de la ACB. Y unas horas antes de escribir estas líneas el equipo acaba de ganar por 4ª vez consecutiva en Illumbe. Por supuesto que resurgió!